Nueva Guinea y su diversidad lingüistica

 

Esta isla de Oceanía alberga ella sola la mayor diversidad lingüística del mundo... y solo tiene ocho millones de habitantes. Increíble, pero cierto.

 

 

Algunas de las lenguas que se hablan en esta isla

 

Tok pisin, hiri motu, yelogu, kwoma, tairora, gadsup... ¿Te suena todo esto a chino? Frío, frío, frío. ¿Te preguntas si serán nombres de comida exótica, de pueblos lejanos, de nuevas disciplinas de fitness...? Mejor, pasa palabra, la adivinación no es lo tuyo. Son una muestra infinitesimal de las más de 800 lenguas que se hablan todavía hoy en día en la segunda mayor isla del mundo, Nueva Guinea, pese a que sus 785.753 kilómetros cuadrados están ocupados ¡solo por ocho millones de habitantes!

 

Si ante semejantes cifraste surge el impulso de hacer cuentas para dividir lenguas y ciudadanos, te ahorramos desde ahora mismo el esfuerzo vano. Para que lo sepas, en este remoto lugar al norte de Australia hay aldeas que no llegan ni siquiera a las 150 personas y que tienen el privilegio, o la mala suerte, según como se mire, de tener su propio lenguaje, ¡y sin parecido alguno con otras lenguas! Menudo problemón; para que luego digan que la Torre de Babel fue un mito. Aquella construcción que desató la ira de Yaveh, y que condenó a la humanidad a la ceremonia de la confusión y a no poder comunicarse en una única lengua a partir de entonces, parece haber recalado en estas tierras...aunque no se tengan noticias de la torre en cuestión.

 

Así las cosas, ser políglota en Nueva Guinea, más que un deseo de ampliar conocimientos culturales, que seguro que también, se impone como una necesidad de máxima urgencia. Lo bueno es que hacerse entender en portoni, por poner el ejemplo práctico con una de las lenguas que se hablan en la isla, parece relativamente fácil: no tiene gramática y está compuesta únicamente por 1.750 vocablos. Y para manejarse en rotokas, otro de los lenguajes de estos isleños, solo se precisa conocer un sistema fonológico de seis consonantes y cinco vocales y, eso sí, dominar el arte de alargar las palabras y modificar su intensidad para cambiar el significado según lo requiera la ocasión. ¡Economía del lenguaje en estado puro!

Si es que, qué razón tienen los padres, sabiendo idiomas, se llega lejos. ¿Fijar, limpiar y dar esplendor a este crisol de riqueza lingüística? Para nada.